Desmontando una vida a la voz de ya

Arrastrando mi vidaNoto como se apodera de mí una pereza infinita mientras observo con los brazos en jarra la gran cantidad de plantas de todo tipo que he ido acumulando en lo que hasta ahora era mi terraza. Las hay de todo tipo y condición, desde ornamentales en macetas del Ikea, hasta matas de pepinos plantadas en cajas de esas de poliestireno blanco donde transportan las sepias los mayoristas de pescado.

Mientras decido si elaboro un plan de acción o si lo dejo para mañana, mis plantas parecen ante mis ojos una multitud de inocentes víctimas de las malas acciones de sus irresponsables progenitores. ¿Para qué tomarle cariño a algo o a alguien, cuando sabemos que todo tiene un fin?  ¿Para qué crear un hogar si de un día para otro vas a tener que dejarlo para siempre tras organizar una mudanza improvisada a toda prisa?

TrufaTrufa aparece desperezándose en el tejado del cuarto de la lavadora y me llama. Desde que he vuelto a trabajar fuera de casa, noto que me echa de menos; una auténtica rareza, considerando lo arisca que solía ser hasta hace no mucho tiempo. Haciendo gala de su agilidad y de lo afilado de sus uñas, baja del tejado elegantemente, sin hacer ruido y en una fracción de segundo se encuentra enroscando su larga cola entre mis piernas. “Rabo de rata” le llamó mi amigo Javi cuando la conoció, poco después de que la adoptáramos. Nunca un gato negro se pareció tanto al dibujo de un gato negro. De hecho, creo que nunca nada se pareció tanto a un dibujo como Trufa.

Sin todavía saberlo, Trufa se une al grupo de damnificados inocentes. Las plantas y Trufa. Por supuesto que podría ser peor. En estos tiempos difíciles suelo consolarme con la idea de que podría ser peor, y entre los seres queridos que me miran indefensos cargando mi conciencia, podría haber habido retoños humanos, de esos que la gente trae al mundo tan alegremente, pero que siempre he tenido yo tanto reparo para incluso plantearme el engendrar alguno a mi imagen y semejanza. Será el haber sido el hermano pequeño en una familia totalmente disfuncional, de esas que lejos de ser un apoyo son un lastre; será que nunca he sabido encontrar el momento, el lugar… ni lo que yo consideraría la madre adecuada.

Sé que en toda mujer se forma un tipo de odio muy animal, muy de cerebro reptiliano, hacia el hombre que no se apresura a hacerles un hijo cuando notan que su reloj biológico está ya dando los cuartos que preceden a las campanadas. Y sé que esta ha sido una de las razones por las que Lina, sin aviso previo y sin despeinarse, decidió que ya no me quería.

Mientras acaricio a Trufa intentando retener en la mente el momento como quien sujeta la mano a un moribundo, sabiendo que en poco tiempo echaré de menos su ronroneo, su mirada atenta, su particular manera de decirme hola, sus arañazos y mordisquillos perfectamente medidos para no hacer daño, el verla campar a sus anchas por la casa haciendo alguna trastada, Lina está tranquilamente sentada en el sofá, ajena como siempre a todo lo que me bulle por dentro.

Para un pedazo de mujer que va volviendo cabezas por donde quiera que pasa, sé que el hecho de que alguien como yo se niegue a tener un hijo con ella le tiene que romper los esquemas de arriba a abajo. Cuando no ha hecho sino recibir piropos, miradas lascivas y elogios a su belleza por parte de todos los hombres que ha ido conociendo desde que llegó a España, comprendo que se haya hecho a la idea de que conmigo tiene al diablo en casa. Y no la culpo. He leído por ahí que es algo muy humano que la percepción realidad se vista de un color u otro si estás rodeado de adulación -cuando alguien quiere algo que tú tienes- o de indiferencia.

Quizás ese haya sido siempre mi problema, que me acostumbré durante los años críticos cuando se forja el carácter a pasar siempre desapercibido, a no dejarme notar, a odiar toda competición, a no formar parte de un grupo. A amar a otra persona en silencio a cambio de nada. Es algo a lo que te puedes llegar a acostumbrar, sobre todo cuando nunca has tenido a nadie que te haya ayudado a ver las cosas buenas que hay en ti, o que te diga cuándo es el momento de que el capullo que era tenía que haber hecho algo para hacerse mariposa. Es algo que tira de ti hacia atrás, te atrae hacia el agujero oscuro donde habita el ego que te va destruyendo poco a poco, pero que te inyecta ese narcótico de la autocompasión, que te hace sentir tan a gustito.

Lina sigue con sus cosas mientras yo dejo pasear la mirada por la descuidada terraza. Me aprieta el pecho esa sensación de vértigo de pensar qué va a ser de mí, viejo, medio calvo, pobre y… solo. Las tres primeras condiciones no importan si no se sufre la cuarta. ¿Será por eso que los hombres casados viven más años?

 

Tu Tristeza (Enrique Urquijo)

Parece que Enrique Urquijo escribió esta canción para mí. 16 años antes de que esos mismos sentimientos me atravesaran le torso, este apóstol del desamor y la tristeza, con palabras sencillas y certeras, hablaban de mi propia historia. Y creo que de la tuya, y la de tantos. Supo tanto de derrota, que consiguió que toda una generación hiciera suyas sus canciones en momentos como este. 

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