El Masterplan

SoledadHace dos semanas estaba yo en lo que yo creía que era el punto más bajo de mi escala existencial. Una serie de hechos desafortunados, sazonados con mi propia ansia de autodestrucción, la timidez enfermiza y el aislamiento y la falta de integración en una ciudad donde al fin y al cabo vinimos a vivir por que fue idea suya, me tuvieron sumido en ese lugar del alma donde todo es oscuro y pesado. Nunca voy a echar la culpa de mis males a nadie que no sea yo mismo, si bien la actitud de Lina durante este episodio de mi vida nunca fue de ayuda, más bien todo lo contrario.

Su frialdad, cuando en otros momentos era un bálsamo, en mis momentos de necesidad me hizo sentirme todavía más solo. Y esa sensación hacía que inconscientemente yo albergara un cierto rencor hacia ella que hacía que siempre venciera el lado oscuro cuando había cualquier tipo de discusión, por trivial que fuera. Que no nos pusiéramos de acuerdo sobre dónde ir un fin de semana, podía ser razón suficiente para poner nuestra relación al borde del abismo. Una vez tras otra yo intentaba hacerla reaccionar, explicarle que necesitaba de su ayuda para llevar esto adelante, pero ¿cómo explicar a un ciego de nacimiento lo que son los colores?

Ni siquiera recuerdo la última vez que la vi llorar. Me veía a mí mismo encendido en un universo paralelo intentando explicar lo que sentía a alguien que ni me podía ver ni oír. Quizás nunca tuve el don de la comunicación y es por eso que todos mis intentos fueron vanos; notaba cómo si el mensaje llegaba a ella, las cosas no hacían sino empeorar… nadie la había avisado de que el curioso tipo que la había rescatado de su cautiverio en su vida anterior tendría necesidades afectivas. Ella no había venido hasta aquí para que otra persona la hiciera sentirse mal. Cualquiera de mis intentos por pedir ayuda eran malinterpretados. Yo me frustraba, me enfadaba y ella se sentía atacada.

Así fui desistiendo de hacerla sentir lo que yo sentía durante mis momentos oscuros.  Así creció su idea de que yo nunca quería contarle nada. El espacio entre los dos se volvió abismo.

Hasta que un día dije basta.

Tres años trabajando desde casa unido a otro en paro no habían sino hecho de mí el Probe Migué de la canción, que hace mucho tiempo que no sale. Y Lina llevaba ya bastante tiempo en su trabajo, lo que le había hecho reunir un grupillo de amigos que salían juntos de juerga, a lo que ella directamente no me invitaba por razones tan peregrinas como que no me gustaría la música o que me aburriría. Y el abismo ya era lo suficientemente oscuro e insondable como para dejarla ir sin más.

Y decidí dejar de ser parte de un plan del demonio urdido para verme caer en la desesperación y crear mi propio masterplan. Ya era mayorcito para seguir dejándome llevar de modo que un día la muerte me sorprendiera dándome cuenta de que mi vida no había significado nada.

Comencé a buscar trabajo para ahorrar algo de dinero que me permitiera poner en práctica lo que estaba empezando a aprender, que si conseguía aplicarlo a la práctica, haría que no tuviera que trabajar más en algo que no me gusta el resto de mi vida. Hice un plan a medio y largo plazo como recomiendan los psicólogos y los gurús de la auto ayuda. Un plan realista que la incluía a ella.

Pero pese a mi cambio de actitud, yo seguía sin aceptar su indolencia, y sé que dentro de mí seguía ese rencor hacia ella por no haber sentido nunca llegar ayuda de su parte. Quizás debería de haber esperado un tiempo, o no escribirlo nunca, pero la cosa es que decidí escribir en un papel lo que sentía. Sin mencionar mi plan todavía  por concretar, en un folio por las dos caras le escribí una carta que en resumidas cuentas decía

¡¡AYUDA!!

Quería hacerla reaccionar, hacerla partícipe de mi vida, pero esta vez de verdad… pero esas palabras no sólo cayeron en saco roto, sino que terminaron por ocasionar el desenlace.

El desenlace. El que me devuelve al punto de partida, pero con una cifra considerable en mi cuentakilómetros.

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