Daños colaterales

colateralesLa segunda caída a los infiernos sucedió el fin de semana antes de Navidad. Justo dos días antes de la visita a mi madre de cada Nochebuena. Si bien mi madre no pareció haber sufrido demasiado la muerte de mi padre, -él la abandonó para irse a vivir solo y siempre la había tratado bastante mal- su salud es más que delicada y la familia no le ha traído más que dolor, y yo no podía permitir que su corazón se rompiera una vez más. Para ella soy la única esperanza que le queda de tener nietos y no podía presentarme allí en Navidad diciendo que su hijo de 40 años, el que parecía tan felizmente casado, ahora volvía a estar solo como un perro. No podía hacerle esto.

Convencí a Lina para que viniera conmigo y hacer como si nada hubiera sucedido. Tan sólo iban a ser dos días comiendo, bebiendo y viendo la tele, porque al fin y al cabo, en ese pueblo tampoco hay nada más que hacer, y menos en invierno.

Una vez más, fue como otra dosis de la droga que había estado manteniéndome a flote durante los últimos meses. Dormíamos juntos -aunque ya no volvió a haber sexo entre nosotros- y manteníamos la apariencia de normalidad. Al final conseguimos que nadie se enterara. Orgulloso tengo que estar por seguir manteniendo a mi madre y mis hermanos en el engaño. ¿Lo hago por no matar a mi madre de pena, o sólo porque no puedo afrontar el trago de tener que decírselo a ella y a todos, como asumiendo una vez más mi fracaso?

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