Hablando de vacío

vacioTodavía sigo intentando buscar una cuerda emocional de la que tirar para sentir dolor por la reciente muerte de mi padre. Pero sigo sin encontrarla. No sé si todo el cataclismo emocional que estoy sufriendo durante estos últimos meses ha hecho que lo de la muerte del viejo pasara a segundo plano, o es que realmente estábamos tan lejos como para cortar todo tipo de vínculo con él. Pensándolo una y otra vez, si tuviera que describir los sentimientos que esta muerte me ha provocado en este momento de mi vida, los resumiría en tres palabras: fastidio, alivio y vacío.

Fastidio: cuando eres un niño, te acostumbran a que sean los “mayores” los que se encargan de cualquier situación incómoda o dolorosa, como puede ser la muerte de un familiar. Tú te limitas a visitar a los enfermos en el hospital o a asistir a los funerales si llega el fatal desenlace. Siempre hay alguien que te dice lo que tienes que hacer, y nadie espera nada de ti aparte de tu presencia, de modo que cuando todo ha pasado, sigues adelante con tu vida. Siempre he considerado que la gente se hace “mayor” a estos efectos cuando tienen su propia familia -¿era este uno de los bloqueos mentales que me causaban pavor a la hora de plantearme tener hijos?- y por arte de magia adquieren la sabiduría y el aplomo necesarios para saber qué hacer en todo momento. Lo cual me deja de puertas para adentro en el estatus de “persona no mayor”. Pero claro, eso no es lo que se ve desde fuera. Llegado a una edad, cuando tus padres no pueden valerse por sí mismos para tratar estos menesteres, o más aun, cuando se trata de su muerte, se espera que te encargues de tomar los mandos. Y ¡ay de mí! ¿quién nos prepara para semejante cosa? Cómo recibes la noticia, cómo organizas todo para estar allí cuanto antes, cómo te encargas de los trámites, del entierro, de saber a dónde ir y qué hacer. La verdad es que fue horrible, si bien debo de estar agradecido a que en España se entierre a la gente tan rápidamente. Eso ayudó a que el día en cuestión todo pasara sin apenas darme cuenta. Sé que sueno como una persona horrible cuando digo esto, pero así fue.

Alivio: no, no se trata del alivio que sientes cuando oyes que muere tu peor enemigo. Con el tiempo he llegado a comprender -que no a compartir, ni mucho menos- la forma de pensar de mi padre, y cómo su lucha contra el mundo lo convirtió en un ser mezquino, avinagrado y encerrado en sí mismo. Tanto lo comprendo, que veo en mi persona muchas de esas cosas que aprendí a ver en él, y espero saber utilizarlo como espejo para conseguir no acabar así. El alivio lo sentí por él, aunque suene extraño. Si bien seguramente él había llegado a soportar su solitaria vida llena de limitaciones, no puedo dejar de recordar esa sensación cada vez que iba a visitarlo, esa miseria existencial llenada con horas y horas de mirar la televisión como quien mira un estanque de peces de colores, y la visita diaria al centro de día, donde podía discutir y pontificar sobre lo mal que está el mundo con otros ancianos como él. Al saber de su muerte no pude dejar de pensar: -Bueno, al menos ha dejado de vivir esa vida miserable- que yo creo que vivía desde hacía ya mucho tiempo.

Vacío: tampoco se trata del vacío que su marcha ha dejado en mi vida. Ni mucho menos. La verdad es que mi vida es igual con él que sin él. El vacío lo sentí cuando fui con mi hermano a poner en orden la casa donde vivía. Esa casa que compró con los ahorros de toda una vida y en la que trabajó tanto. Esa casa que repetía una y otra vez que era para nosotros. Como si todos los relojes se hubieran parado en el momento de su muerte, la casa al llegar tras el entierro estaba exactamente igual a cómo estaba cuando murió. Las persianas bajadas, la puerta de la lavadora abierta, dejaba ver que acababa de levantarse de la cama y se disponía a tender la colada. Vaciamos la nevera de la comida que tenía preparada para comer ese día, cogimos el móvil que todavía estaba encendido, recogimos algunas cosas que tenía por la casa… no sé, fue todo muy raro sentir pena por todo lo que dejaba, por lo que había trabajado, más que por su muerte. El sentir el alma de la casa vacía… quisiera tener más destreza en esto de escribir para poder describir con palabras ese sentimiento.

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