La Armadura del Miedo

ElllevarunaarmaduraNo, no se trata del título de una peli de serie B de la productora Hammer. La armadura del miedo es esa coraza que a modo de costra se nos va adheriendo a la piel a medida que sufrimos decepciones, desamores, golpes varios… en fin, la vida misma. Dentro de esta coraza, que es la mismísima frontera exterior de lo que se suele llamar “zona de confort”, se está calentito y seguro. Allí dentro vivimos con nuestras propias convicciones, dándonos la razón a nosotros mismos, asumiendo esas cosas que nos da miedo preguntar, repitiendo esos mantras tan sutilmente autodestructivos que acceden al hilo musical de nuestra cabeza sin nosotros saber cómo.

Si fuéramos simples islas sin conexión, como huevos en una huevera, esto sería lo que nos protege de la intemperie, ayuda a mantener el calor, la humedad apropiada, nuestra certeza de que tenemos razón y de que “estamos bien”. Pero ay de los pollos que, por muy bien que estén dentro, no consiguen salir del huevo… acaban muriendo, ¿no?

Pues resulta que algunos seres humanos tienen la extraña propiedad de ser capaces de vivir dentro de un huevo toda su vida. Y no solo eso, sino que son capaces de aparentar que mantienen cierta conexión con los habitantes de otros huevos, aunque el grosor de la cáscara no pare de aumentar con el tiempo.

Parece posible, incluso apropiada en un entorno social, esta relación entre humanos acorazados. Al fin y al cabo se trata de extraños que no conocemos, y que nadie nos puede asegurar que no pretenden hacernos daño. Podemos relacionarnos así con nuestros compañeros de trabajo, la gente que nos encontramos por la calle, e incluso con nuestra familia extendida.

Pero algo que he aprendido con el tiempo y las hostias que me ha dado la vida es que en una relación de pareja no es posible relacionarse con humanos/as acorazados/as. Cuando uno o los dos componentes de una pareja no es capaz de salir de su caparazón, de amar y dejarse querer, de preguntar y escuchar la respuesta para destruir las ideas preconcebidas, de probar cosas nuevas dejando atrás sus miedos. Cuando alguien pretende vivir una relación amorosa desde dentro de su armadura, está condenando a esa relación irremediablemente al fracaso.

Una persona que no se deja querer se tomará cualquier crítica constructiva, broma o comentario como un ataque. Se comportará siempre como un gato panza arriba, siempre a la defensiva. Recibirá amor pero será incapaz de corresponder con más amor, porque no comprenderá por qué existe tal cosa que nos obliga a abrirnos, a darnos sin pedir nada a cambio, a exponernos a la intemperie.

Cuanto más amor reciba una persona acorazada, más culpable se sentirá por no poder corresponder, y más defensiva será su actitud. Así, buscará cualquier agravio (o lo que quiera identificar como tal) que guardará cuidadosamente para justificar su actitud cuando llegue el momento. “Quizás no te he hecho sentir querido, pero es que me hiciste perder la confianza en tí porque el 2 de febrero de 2014 me hiciste esto y aquello”.  Y lo triste es que incluso aquellas que son conscientes de que están condicionadas por sus miedos, te sueltan esto incluso con alivio, es su manera de justificar que sean incapaces de luchar contra esos miedos.

Así, las personas que acabamos siendo rechazadas por alguien así, acabamos totalmente destruidas. Porque sabemos de la existencia de esa coraza, porque la reconocemos en nosotros mismos, porque elegimos conscientemente salir de ella para darnos por completo a la otra persona. Pero nos damos de bruces con la muralla. No han sido capaces o no han hecho el esfuerzo de salir a encontrarnos y nos disparan  con las saetas de la indiferencia. Al fin y al cabo no hemos sido lo bastante buenos para convencerlas de que el amor es eso, dos almas vulnerables que se encuentran fuera de su huevo.

Tras contarle todo esto, ella me dijo que no veía ninguna coraza y que no tenía ningún problema. Que desde que está sola se encuentra mejor, sin sentirse culpable, sin discutir con nadie.

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2 pensamientos en “La Armadura del Miedo

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