Escitalopram, por favor

No voy a ser yo ahora un abogado del uso de psicofármacos ni siquiera de cualquier tipo de fármaco para las dolencias que sufrimos en cuerpo y mente. Como me dijo mi médico de cabecera, “es normal que duela”, y quizás en otras circunstancias, en otro tiempo, habría decidido yo “to bite the bullet” o tomar el toro por los cuernos e intentar seguir adelante sin ayuda.

Pero no ha sido el caso. Un día cualquiera, durante el mes de excedencia que pedí en el trabajo para oxigenarme un poco, me vine abajo.

Me vino justo para llegar apretando el paso a la sección de urgencias psiquiátricas del Hospital del Mar. No pude sino sentirme agradecido de ver que pese al colapso del sistema público de salud en Cataluña, en psiquiatría estábamos sólo dos personas, una señora con pinta de haber llevado una vida cien veces peor que la mía y yo.

Viéndola a ella volví a pensar en las palabras “es normal que duela”. Es normal que duela cuando eres una mujer inmigrante probablemente en paro, seguramente con varios hijos y cuya vida seguramente se aleja mucho de la idea de vida futura que tenía cuando era pequeñita. No digo que eso me hiciera sentir culpable por compartir sala con ella, porque cada uno tiene su propia circunstancia y yo también he tenido lo mío entre pérdidas de seres queridos, carencias afectivas y petardazos sentimentales, pero me hizo reflexionar sobre lo diferentes que eran nuestras vidas y sin embargo allí estábamos, esperando ver al mismo médico, quien posiblemente nos recetaría la misma pastillita de la risa.

La terapia con el psicólogo parecía ir por el buen camino. Gracias a él ya podía darme cuenta de qué demonios estaba haciendo mal con mi vida. Pero cuando ni el cuerpo ni la mente responden, cuando tienes los pensamientos inmersos en algo que se parece a una negra espiral descendente, que engulle toda tu energía y hace que todo lo que puedes hacer es dormir, es muy complicado, y a veces parece imposible ponerse a recoger las piezas para reconstruirse.

Tras ver cómo se marchaba la pobre mujer algo aliviada con su receta en la mano, me tocó el turno. En la habitación contigua había un médico joven (al menos más joven que yo). Fue sentarme, preguntarme qué me sucedía y me deshice en lágrimas como una magdalena. Sí, suena a little whiny bitch. Los hombres no hacen esas cosas. Pero estaba mal. Mal de verdad, y en ese momento me dí cuenta. Y él también.

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Salí con mi receta para seis meses y tardé menos de diez minutos en tener mi caja de escitalopram en la mano. No puedo ni quiero afirmar que esa cajita de pastillas representaron el principio de la remontada, el punto más bajo desde el que hacer pie para coger fuerza y subir, igual fue una coincidencia… pero desde entonces el negro comenzó a ser menos negro.

 

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