La tanguerita rusa

Apareció como ese regalo que pediste a los Reyes tras averiguar que eran los padres, y que pensabas que nunca iba a aparecer bajo el árbol porque sabías que no podían permitírselo. Así, sin hacer ruido, callada. Formaba parte del contingente de nuevos reclutas del tango que comenzaron en mi escuela en enero, un trimestre más tarde que yo.

Cuando le preguntaban su nombre apenas salía un hilillo de voz de sus labios. Natalia. Su cuerpo era menudo, casi de niña, encaramado a esos dos vertiginosos tacones de sus zapatos de tango, que se había comprado tras la primera clase, aun cuando no le sobraba ni un céntimo de su exhiguo salario de aprendiz de peluquera. Sigue leyendo