La tanguerita rusa

Apareció como ese regalo que pediste a los Reyes tras averiguar que eran los padres, y que pensabas que nunca iba a aparecer bajo el árbol porque sabías que no podían permitírselo. Así, sin hacer ruido, callada. Formaba parte del contingente de nuevos reclutas del tango que comenzaron en mi escuela en enero, un trimestre más tarde que yo.

Cuando le preguntaban su nombre apenas salía un hilillo de voz de sus labios. Natalia. Su cuerpo era menudo, casi de niña, encaramado a esos dos vertiginosos tacones de sus zapatos de tango, que se había comprado tras la primera clase, aun cuando no le sobraba ni un céntimo de su exhiguo salario de aprendiz de peluquera.

Sin que un trimestre de haber acudido a clase tres veces por semana diera para mucho más, el arte de la caminata yo ya lo tenía interiorizado, y ya no me causaba tanto respeto practicar algunos pasos sencillos. Ese viernes recibíamos clase juntos nosotros y los del grupo principiante, cosa que a todos nos pareció bien, porque por fin se igualaba el ratio chico/chica, tan importante a la hora de practicar este baile.

Tras un par de tangos, me tocó con ella. Desde el principio me gustó su ligereza, su tímida sonrisa, y que siempre miraba a los ojos cuando hablaba o escuchaba. Por mucho que las dimensiones de la sala y la cantidad de asistentes no daba para muchos alardes, conseguimos encadenar unas cuantas caminatas con cambios de dirección, que para nuestro nivel no estaba nada mal. Desde el principio me sentía muy cómodo con ella. Me enteré que era rusa… vaya, qué casualidad… Acordamos en volver a vernos en la siguiente clase.

Y casi desde el primer momento nos comenzamos a llevar bien. Tanto fue así, que casi me salió natural invitarla a ir conmigo a la milonga del Casino, a lo que aceptó sin rechistar.

Había algo en su expresión que dejaba entrever que le habían hecho daño. Pero a la vez tenía la mirada de una niña. Eso unido a su físico, no me hizo sospechar ni por un momento que era madre de dos adolescentes. Es increíble qué diferente es la vida en nuestros dos países. Aquí se tienen los hijos (si se tienen) tras haber construido un nido a todo confort, mientras que allí los hijos se tienen, y los padres ya se ocuparán entonces de que no les falte de nada.

Hablando durante horas mientras paseábamos, me contó que había dejado atrás su país en busca de un futuro mejor, que se había divorciado del inútil padre de sus hijos y se los había traído a España sin papeles, apenas sin saber a qué dedicarse y cómo salir adelante. Una auténtica madre coraje, pero con la apariecia de una diminuta niña desvalida.

Ella escuchó mi historia como nadie antes me había escuchado. Le gustaba que pusiera mis canciones de Damien Rice, que desde el principio las adoptó como suyas, aun sin saber de qué demonios hablaban. Y un cuatro de marzo, mientras mirábamos una película en mi casa, sucedió lo que tenía que suceder.

Y desde entonces nos vemos cada fin de semana. Hace muchas horas en la peluquería donde trabaja y apenas tiene tiempo para descansar. Pude confirmar que una anterior relación le había hecho daño, y tal vez por eso se esfuerza en asegurarme de que no está enamorada de mí, y en pedirme cada cierto tiempo que yo no me enamore de ella. Todavía no sé si es miedo a perder o que realmente no le gusto y está conmigo por ese alivio espiritual y corporal de tener a algien que piensa en tí, te escucha y te hace sentir deseada. No sé cómo calificar nuestra relación. ¿Follamigos? ¿Amigovios? Yo todavía no puedo pedir a nadie que lo deje todo por mí, ni siquiera que levante su barrera para dejarme entrar. Ella dice que vivamos el presente sin hacer planes. A mí, por ahora, me parece bien.

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